Hoy me he ido de paseo con mi yo de hace 4 años. Íbamos igual, en mallas y sudadera, pero yo iba con el pelo recogido, porque ahora no me escondo detrás de él.
Por desgracia, las dos estábamos igual de tristes e incluso yo he llorado mientras ella me miraba con pena. Me ha visto muy delgada y eso la ha asustado un poco, sabe lo que se siente al estar triste y no querer comer.
La he contado, un poco entre lágrimas, que va a conseguir salir del pozo en el que está, que seguramente no me crea pero es más fuerte de lo que ella piensa. Yo estoy muy orgullosa de ella y la he pedido que no tenga miedo, que la gente que de verdad la quiere no la va a dejar de lado.
Ella me ha pedido que la cuente porque yo estoy triste ahora y, cuando he terminado, se ha sorprendido de que haya encontrado a alguien que nos quiera incondicionalmente y no hemos sabido cuidar. Me pide perdón por todas las inseguridades que tiene y que todavía me acompañan, y yo solo la puedo decir que sigo trabajando en ellas, que no quiero que se sienta responsable de algo que ya no la corresponde y espero poco a poco poder solucionar.
Me ha dicho que sabe que yo también voy a poder salir de ese bucle y hacer las cosas mejor a partir de ahora, aunque me dé mucho miedo pensarlo. Me ha dado un abrazo apretando fuerte y me ha secado las lágrimas que se me caen cuando empiezo a pensar en todo lo que he hecho mal. Me pide que tenga paciencia conmigo misma y con los demás, que me abrace muy fuerte y que me sienta capaz de conseguir todo lo que me proponga, aunque duela el proceso.
Al final, antes de despedirnos, nos sonreímos, una sonrisa sincera de alguien que te quiere y se alegra de que todo, de alguna manera, sigue bien. La dejo mirando a la carretera, sabiendo que esa idea también la he tenido hoy pero con la intención de seguir hacia delante y sabiendo que no se acaba el mundo, aunque sintamos que sí.